jueves, 2 de junio de 2011

Todo desierto tiene algo de paraíso

Por Ricardo Vejarano (Docente del programa de Comunicación Social - Periodismo de la Universidad del Quindío)

Juan, José, Juliana, Patricia, Gustavo y Anderson conocieron el mar. En un profundo silencio contemplaban su inmensidad y absortos se abstuvieron de tomar fotografías los primeros minutos de su amor a primera vista con el océano. Allí, contemplándolos de lejos, observando su mirada perdida en el horizonte me encontraba yo, recordando mis doce años cuando conocí el mar en las playas de Santa Marta y estuve a punto de ahogarme en su azul profundo.

                                                                             Foto: Alejandra Peláez

El viento trajo consigo, además de una ventana rota, otros colores distintos al verde tibio de los cafetales, guaduales, palmas de cera y enormes extensiones de pasto. Los colores que llegaron tenían una maravillosa combinación. Blanco de la sal marina evaporada en las playas de Manaure, un naranja arcilloso que gobernaba el desierto atravesado por un tren amarillo y negro que parecía no acabarse y que llevaba sobre sí el negro del carbón.

Luego llegaron unas mantas guajiras envidiables que simulaban paracaídas abiertos para vencer el tedio de los cerca de 38 grados centígrados en pleno corazón de un desierto con aire de paraíso. El mar, de un verde esmeralda, semejaba los paisajes que seguramente soñaría Sagan cuando se atrevió a diseñar los Voyager, naves espaciales no tripuladas que cruzaron hace años el sistema solar.

Lentamente nos adentramos  al mar del Cabo de la Vela a contemplar una alineación poco vista por nosotros, los montañeros. El sol se ocultaba en el horizonte, nosotros inmersos en un mar transparente y justo detrás, al otro extremo, una luna llena a punto de reventarse. En ese instante se olvidó todo.
                                                                      Foto: Jose Morales
Nada podía quitarnos ya un asombro esperado por años. Puedo numerar largos instantes sin asombro, largos años sin sonrisas, largas horas de aburrimiento, largos minutos de guerra, largos segundos de tedio. Puedo contar los domingos que multiplicados por los sábados me da un envidiable cuarenta, que es igual a los mismos días que cualquiera de nosotros soportaría el desierto sin más tentación que contemplarlo de corazón.

Este desierto que conocimos, que se nos hizo eterno, que anulaba el aliento y las ganas de reírnos de chistes sonsos de mediodía, es el camino obligado para contemplar luego, con solo mirar, cortos instantes de ensueño, cortos años de gozo, cortas horas de amor, cortos minutos de paz y cortos segundos del salto de tres delfines que nos saludaron y se esfumaron como una estrella fugaz.


                                                                             Foto: Ricardo Vejarano

Estar en la Guajira nos permitió entender que el paraíso tiene un alto costo. Que la alegría es merecida y que se hace necesario sudar para disfrutar de las cosas más bellas de la vida. Para cuatro minutos de embrujo, de encuentro con lo más íntimo de nuestro ser, se necesitaron cerca de un poco más de cuarenta días y cuarenta noches hablando solo de la Guajira.

Ahora en casa, cuando observamos las instantáneas de este viaje ancestral, sobrio y sublime, veo que los colores han cambiado de nuevo y el espíritu se ha vuelto transparente. Ahora, cuando disfrutamos de la riqueza del agua, que brota hasta inundarnos, cuando tenemos al alcance todo con solo llamar y cuando dormimos en un cálido colchón, puedo decir que siempre hemos estado cerca del paraíso de querernos, con todos los colores que otorga la geografía. Todo ha vuelto a ser verde de nuevo, porque somos montañeros, unos montañeros que gracias a la fotografía, aprendimos a querernos como el sol y la luna.

-  Resumen de la travesía de estudiantes de fotografía del programa de Comunicación Social - periodismo de la Universidad del Quindío a la Guajira, en el extremo norte de Colombia llevado a cabo entre el 13 y el 18 de abril de 2011
     
     Compilación de textos y fotografías: Diana Fernanda Restrepo. Jairo Andrés Vallejo Grajales. Luisa Fernanda López Pardo                      





No hay comentarios:

Publicar un comentario